VIII.- Cultura y buena lecturas

Para ser sabios. B. Martin Sanchez 1984. Canonigo catedral Zamora

La cultura

La lectura de los libros buenos

¡Ya estamos entre personas!

Influencia de la buena y mala lectura

Ejemplos del influjo de los buenos libros

Cultura y religión

La verdadera sabiduría

Los males de la ignorancia religiosa

Palabras de San A. M.’ Claret

Hay que saber leer

Leer atenta y reflexivamente

La Biblia y la cultura

La lectura de la Biblia

La educación cristiana de la juventud

Conclusión

La cultura

Cultura significa el cultivo de las nobles disposiciones y capacidades humanas, o mejor dicho, es el resultado del cultivo de nuestros conocimientos. Nuestro entendimiento es muy limitado y siempre será pobre el conocimiento que podamos alcanzar de las cosas que nos rodean. Nuestro estudio ha de fundamentarse no sólo en la razón sino en la revelación divina.

La verdadera cultura exige educación de nuestras facultades cognoscitiva y volitiva, esto es, en el desarrollo de nuestra inteligencia y en adiestrar nuestra voluntad para dirigirlo todo hacia el bien supremo, procurando siempre la hermosura del bien honesto.

Hay que acostumbrar a la voluntad a vigilar sus actos, a corregir sus yerros, a no torcerse por las inclinaciones que ella debe dominar, a cumplir fielmente los propósitos que ha hecho, a sacudir la pereza, a evitar los peligros que pueden debilitarla, y aun vencerla Hay que hacer prácticas de decidido esfuerzo…

El entendimiento y la voluntad son las dos alas que levantan al hombre, dijo Pío XII. La voluntad es la que manda, el entendimiento es su consejero. Desde pequeños hay que estudiar, y en los colegios se estudia historia, geografía, matemáticas …, en una palabra: letras y ciencias; pero interesa ante todo tener presente el dicho de Séneca: «Filósofo, antes de estudiar el universo, estúdiate y conócete a ti mismo» .

La Escritura Santa nos dice:

– Los sentidos y pensamientos del corazón humano están inclinados al mal desde su adolescencia (Gén. 8,21).

– Los Proverbios al aconsejar el sendero recto de la vida dicen: «Oye, hijo mío, y recibe mis palabras y se multiplicarán los años de tu vida. Que te enseño el camino de la sabiduría … Guarda mis palabras en tu corazón con toda cautela, porque son manantial de vida (Prov 4,10 ss)

– Instruye al niño en su camino, que aún de viejo no se apartará de él (Prov. 22, 6), es decir, la senda por la cual comenzó a andar, esa misma, seguirá también cuando viejo.

¿Tienes hijos? Adoctrínalos, dómalos en su niñez (Ecl.7,21)

– Del corazón es de donde salen los malos pensamientos, los homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias. (Mt. 15,19) Interesa en todas las épocas de la vida atender a la formación del corazón porque en ellos surgen pasiones violentas; pero especialmente en la época de la niñez y de la adolescencia por ser las más difíciles y las más eficaces, y acaso las más adecuadas para tal intento, sin olvidar nunca no sólo la vigilancia, sino la escuela práctica, la formación del corazón.

El filósofo Balmes decía: «Debiéramos tener continuamente la vista fija sobre nuestro corazón para conocer sus inclinaciones, penetrar sus secretos, refrenar sus ímpetus, corregir sus vicios, evitar sus extravíos. Hay que adquirir cultura, hay que leer y estudiar mucho para adquirirla, pero tengamos bien entendido que «el escribir o leer no es cultura, sino el medio de adquirirla», y por eso importa mucho la lectura asidua de los libros buenos y formativos, y sin olvidar el dicho del filósofo Séneca, y el de San Bernardo: «¿De qué te sirve leer y entender, si no te lees y te entiendes a ti mismo?».

La lectura de los libros buenos

Es de suma importancia leer libros buenos e instructivos. Un buen libro es el mejor amigo, y hay que saber escogerlo y saber leer los mejores para no extraviarse. La influencia de la lectura se extiende no sólo a la vida intelectiva, sino también a la vida volitiva o educación de la voluntad, y al gobierno del cuerpo.

La voluntad es la que impulsa al hombre a recorrer todos los caminos del deber y la áspera senda de la virtud. Ella es la que impera sobre las pasiones, reprime sus rebeldías y las sujeta a los dictámenes de la razón. ¡Educar la voluntad!

«¡Oh libros! fieles consejeros, amigos sin adulación, despertadores del entendimiento, maestros del alma, gobernadores del cuerpo, guiones para bien vivir, y centinelas para bien morir! ¡Cuántos hombres del oscuro suelo habéis levantado a las cumbres más altas del mundo! ¡Y cuántos habéis subido a las sillas del cielo!»

«Los buenos libros son unos maestros mudos, que callando, enseñan a los que se emplean en ellos. Los libros suelen ser despertadores de la pereza, maestros de la virtud, espejos de perfección y bondad» (Diego de la Vega). Un buen libro es ángel de la guarda que nos libra de muchos males en el camino de la vida, mientras que el libro malo es la sierpe que pica sin hacer ruido. «Donde haya libros espirituales y se lean, allí no tiene cabida el diablo» (S.J. Crisóstomo)

– Los libros malos son los que atacan de propósito la religión, y por lo mismo, deben ser reprobados los escritos que dañen la recta fe o buenas costumbres. Hay que estar precavidos, ya que «las ideas deciden tarde o temprano los destinos del mundo» (Balmes)

¡Ya estamos entre personas!

Así exclamó Baltasar Gracián cuando entró en una casa donde había libros. Escribe: «Solicitaba un entendido, por todo un ciudadano emporio, una casa que fuese de personas; mas en vano. Porque, aunque entró en muchas curioso, de todas salió desagradado, por hallarlas, cuan más llenas de ricas alhajas, tanto más vacías de las preciosas virtudes. Guióle ya en su dicha a entrar en una y aun única. Y al punto, volviéndose a sus discretos, les dijo: Ya estamos entre personas: esta casa huele a hombres. ¿En qué lo conoces? – le preguntaron.

Y él: ¿No veis aquellos vestigios de discreción? Y mostróles algunos libros, que estaban a mano. -Estas, ponderaba, son las preciosas alhajas de los entendidos. ¿Qué jardín del abril como una librería selecta? ¿Qué convite más delicioso para el gusto de un discreto, como un culto museo, donde se recrea el entendimiento, se enriquece la memoria, se alimenta la voluntad, se dilata el corazón y el espíritu se satisface? No hay lisonja, no hay fullería para un ingenio, como un libro nuevo cada día. Las pirámides de Egipto ya acabaron, las torres de Babilonia cayeron, el romano coliseo pereció, los palacios dorados de Nerón caducaron, todos los milagros del mundo desaparecieron y sólo permanecen los inmortales escritos de los sabios que entonces florecieron, y los insignes varones que celebraron.

¡Oh, gran gusto el de leer! Empleo de personas que, si no las halla, las hace. Poco vale la riqueza sin sabiduría, y de ordinario andan reñidas. Los que más tienen, menos saben, y los que más saben, menos tienen. Los buenos libros dilatan y esclarecen la vida de multitud de gentes. Acaso no haya otra fuerza tan poderosa como la lectura para aliviar al apesadumbrado de su desdicha, al afligido de sus dolores, al triste de su pena, y al abyecto de su degradación. Los libros son compañeros del solitario, amigos del desamparado, solaz del tedioso, aliento del descorazonado y sostén del desvalido. Son luz que desvanece las tinieblas y fulgor solar que disipa las sombras.

¡Cuántos pobres miserables, olvidados del mundo, se consolaron de su pobreza y hallaron remedio de su necesidad, alivio de su pena, y reparo de sus melancólicos pensamientos, en la lectura de un libro excelente!

Cuéntase de Bunyan que durante el tiempo de su prisión se absorbió de tal suerte en la lectura de «El viaje del peregrino», que a menudo caía de rodillas y se le arrasaban los extáticos ojos en lágrimas de gozo. Su imaginación convertía aquella cárcel en hermoso palacio y las paredes de la celda no bastaban para aprisionar su feliz espíritu.

Dice Petrarca: «Tengo amigos de agradabilísimo trato, de toda época y país, que se han distinguido igualmente en la ciudad y en el campo, y merecen señalada honra por sus conocimientos científicos. Nada me cuesta ponerme al habla con ellos, porque siempre están a mi servicio y los admito o despido según me place. Nunca se turban y al punto responden a mis preguntas. Unos me enseñan cómo he de vivir y otros cómo he de morir. Unos distraen mis cuidados con su viveza y me regocijan el ánimo, al paso que otros fortalecen mi mente y me estimulan a reprimir mis apetitos y confiar únicamente en mi mismo. Me abren los caminos de las ciencias y las artes, y por sus consejos me prevengo
contra cualquier contingencia. En pago de tan valiosos servicios, sólo me piden un modesto estante donde reposar en paz, pues más les gusta la tranquilidad del retiro que el bullicioso mundano».

De aquí la importancia de escoger los libros, pues fácilmente inferiremos de la selección el carácter del hombre, su grado de cultura y buen gusto. Los libros de nuestra biblioteca delatan lo que somos y de qué manjares espirituales gustamos.

Si anheláis vuestro perfeccionamiento, leed con el propósito de enaltecer vuestros ideales. Leed libros alentadores que levanten vuestro ser a definidos propósitos; que os determinen a ser cada día mejores, a representar algo y hacer alguna cosa de mérito en el
mundo. Cinco minutos diarios de lectura reflexiva bastarían para familiarizarnos en cinco años con los maestros de la literatura universal.

– Dice Dwight HiIlis a este propósito: «La literatura pesimista es uno de los obstáculos que impiden el avance de la felicidad humana, cuyo influjo debería inundar la tierra, pues en la actitud mental del hombre se refleja necesariamente el espíritu de los libros que lee».

Los libros permiten a todo hombre empezar su labor en el punto en que la dejó la generación precedente, pues encuentra reunidos cuantos elementos de estudio fueron descubriéndose hasta hoy día, como si cada autor le dijese al recién llegado: «Aquí te ofrezco el fruto de las investigaciones de toda mi vida en ciencia, arte y literatura».

Es en extremo conveniente que cada cual tenga una biblioteca propia, aunque no sea muy copiosa, pues casi todos los hombres de valía leyeron en su juventud pocos y escogidos libros, con tal detenida atención, que se asimilaron por completo los principios, enseñanzas y finalidad en ellos contenidos como estímulo de altísimas empresas.

Los buenos libros realzan el carácter, depuran el gusto, despiertan repugnancia hacia los placeres groseros y nos levantan a una superior esfera de pensamiento y acción. Un hombre sin libros es, a juicio de Cicerón, como cuerpo sin alma. Macaulay prefería la compañía de sus libros a la de los hombres más eminentes de la época, a pesar de que nada le faltaba de cuanto dan la ríqueza, la posición social y el talento.

Gibson declaraba que no trocaría su amor a los libros por todos los tesoros de la India. Los libros son, a la par, nuestro manjar deleitoso y nuestro pan cotidiano y han de ser de primera necesidad para nuestra dicha. Son nuestros confidentes favoritos, nuestros guardianes, consejeros y seguros consumidores de nuestros ocios. Nos acarician en la pobreza y nos consuelan en la miseria. Muchos hombres encontraron en los libros el consuelo de sus conturbadas vidas como si con ellos tuviesen el cielo en la tierra y dieran solaz, sosiego, y paz a su ánimo.

Cuando nos sentimos cansados de la vida y parece como si todo se conjurara contra nosotros, podemos invocar el socorro de los más eminentes escritores del mundo, seguros de que en sus obras hallaremos descanso y refrigerio. Bien pudiera decirse que tan sólo viven a medias quienes no gustan de libros. Una biblioteca de cien volúmenes escogidos equivale a cien puertas que de par en par se abren a perspectivas de infinitos goces.

Lacordaire dijo esta hermosa frase: «Tres cosas necesita el hombre para ser feliz: la bendición de Dios, libros (buenos) y un amigo». De Fenelón es este pensamiento: «Si en cambio de mi amor a la lectura viera a mis pies los tronos del mundo, rehusaría el cambio». La buena lectura nos proporciona pensamientos elevados y nobles.

Influencia de la buena y mala lectura

El poder de los medios es enorme, se equipara a ejércitos armados, es una palanca capaz de levantar el mundo, la emplean los políticos para engrosar su partido; los gobernantes a veces para ayuda de sus planes diplomáticos y bélicos, los emisarios del averno para sembrar confusión y vicios. Los medios sos capace de salvar a un pueblo y de perderlo. Es un deber apoyar los buenos medios de comunicación.

«No puede llamarse buen hijo de la Iglesia, quien no apoya con todas sus fuerzas los medios de comunicación católicos» (Ketteler). «El diario católico, como el diario malo o neutro, tiene una fuerza poderosísima; produce el efecto del lago que se forma gota a gota; es incalculable el bien o el mal que puede hacer; y en la práctica puede decirse que generalmente el hombre piensa por el periódico que lee; en él, por decirlo asi, se le forma el criterio» (J.A. Romero S.I.)

Es inmensa la influencia de los medios de comuncacion en el mundo de hoy, hasta el punto de que la gran mayoria de los hombres, carentes de cultura y de personalidad, piensan a través de lo que leen, ven o escuchan, diaria o semanalmente.De ahí que una de las mayores obras de caridades la de «publicar, propagar y repartir profusamentelibros, webs, programas, periódicos y tertulias religiosas.

Hay que estar muy sobreaviso y hacérselo reconocer a los poco formados ante los medios de comunicación social, porque «hoy la radio, la prensa, y sobre todo la televisión y el Internet, manejadas por personas materialistas y ateas, tergiversando la verdad evangélica, nos presentan la realidad de la vida de distinta manera de como nosotros la hemos de ver.

Los medios malos son los que atacan a Dios. No disimulan su barbarie y quisieran destruir todo lo que habla de Dios, pues vemos como atacan a la Iglesia y se burlan de sus enseñanzas. Sus mensajes ocultan veneno, y a veces lo infiltran ofreciéndolo en copa de oro.

No faltan programas y webs que son malas: unas por su manipulación de la verdad, otras por su frivolidad, si bien no faltan otras, dignas de alabanza, que vienen a ser contravenenos que contribuyen a destruir la mortal influencia que esparcen tantos programas y webs ponzoñosas. En Efeso, donde predicó San Pablo durante largo tiempo, «muchos de los que se habían dado al ejercicio de vanas curiosidades hicieron un montón de sus libros, y los quemaron a la vista de lodos. Su valor se calculó en cincuenta mil denarios sic/os de plata(Hech. 19,19).

Ejemplos del influjo de los buenos libros.

Unos pocos ejemplos bastarán para probar que un mensaje perverso ha sido capaz de derribar por tierra las más altas torres; tan grande es la fuerza explosiva de lo que se escribe (Adolfo Bohrmann). En la Alemania nacional-socialista(1933 -1945), de Hitler, se distinguieron por suspersecuciones contra los católicos, Rosemberg, Bohrmann, Hess y Himmler.

Martín Bohrmann habia sido designado públicamente por el Fuhrer Hitler para ser su sucesor, pero al perder Alemania la guerra en 1945, desapareció Bohrmann, dejando vivos 8 hijos de los 10 que había tenido. El mayor de ellos, Adolfo Bohrmann, había sido
educado por su padre en una escuela nazi de Baviera, pero al fin de la guerra huyó a Austria, ocultándose en una granja del Tirol.

Como no tenía nada que hacer y estaba muy aburrido, comenzó un día a leer un librito, que era precisamente un libro católico, traído de la bíblioteca parroquial por una muchacha de la casa. Al ír leyendo sosegadamente por aquel libro, cruzó por su mente la idea de que cuanto les habían dicho los profesores nazís contra el catolicismo, era una deformación de la verdad.

De la granja pasó a trabar amistad con un Padre Misionero del Sagrado Corazón, y disipadas sus dudas, se convirtió al catolicismo. Pero, ¿qué diría su familia, sus cuatro hermanas y tres hermanos menores que él? Al principio no acertaban a créerlo, pero luego, convencidos por sus razones, abrazaron el catolicismo por propia decisión, excepto uno que quedó indeciso. El hijo de gran perseguidor de la iglesia, convertido por un librito, ingresó en un colegio católico, se hizo sacerdote y partió para las Misiones a propagar la fe que tanto había combatido su padre.

Conversión de un judio. El pequeño Luis, alumno de la escuela salesiana de Puerto Rico, para jugar más cómodamente en la plaza, dejó su cartera de libros a un joven de 20 años, empleado de una droguería. Cuando volvió el muchacho a recobrar sus libros, halló al joven absorto en la lectura de su Historia Sagrada. Perturbado en su recogimiento, alzó los ojos el joven Samuel y le rogó con tono suplicante: – ¡Por favor!, déjame este libro, en él se cuenta la historiade mi pueblo -.

El pequeño se oponia porque al dia siguiente tenia que dar la lección de Historia al maestro; y además, ¿qué le importaba al droguero de aquel libro? -¿Por qué te interesa tanto? – Es que soy judio, respondió Samuel.

Oír esto el niño y escapar a todo correr sin pensar en recobrar el libro, fue todo uno. En la clase del colegio contó al profesor lo sucedido y éste quiso aprovechar la buena ocasión que Dios le enviaba. Fue a la plaza a encontrarse con Samuel, le regaló la Historia Sagrada, se la explicó más largamente y se ganó un neófito. Aquel año de 1886, Samuel pidió el bautismo y lo recibió solemnemente en la catedral, después de pedir perdón por los malos ejemplos que hubiese dado. Más tarde se ordenó de sacerdote y murió en Manila, capital de las islas Filipinas.
Mineros comunistas. Se trata de una parroquia minera de 30.000 almas, enteramente comunistas en el Pas-de-Calais, Francia. Sólo acude al catecismo la cuarta parte de los niños (1955), pero lo hacen con decisión, levantándose antes y sin faltar nunca. Una de las tres catequistas tuvo la idea feliz de hacer circular unos libros cristianos entre sus niñas. Reunió cuatro o cinco vidas de santos ilustradas (Bernardita, Fátima, Maria Goretti), ofreciéndolo a sus niñas mediante el alquiler de 5 francos. El éxito fue tal, que al cabo de un mes pudo comprar una docena, y luego hasta una veintena de vidas de santos muy ilustradas. Las niñas se arrojaban sobre las lecturas y también los padres leían lo que los niños llevaban a casa.

Cambio fulminante de un perverso. El mismo lo contó en la Asamblea Nacional de la HOAC (1951). Hice la Primera comunión a los 7 años y a los pocos meses me aparté totalmente de la Iglesia. He conocido y experimentado todos los pecados y vicios de los hombres. Durante la guerra y en el frente de combate, solía blasfemar de Dios en los momentos de más peligro.

Un día fui al Pilar para blasfemar allí de la Virgen. Otro día, lleno de odio , atravesé con un puñal un crucifijo, y un Viernes Santo, fui a pecar a una iglesia. Pero un día, una mujer me entregó el libro de los Ejercicios de San Ignacio, que yo cogí para reírme de las tonterías que dicen los santos . Lo abrí en la primera página, y al leer: «El hombre es creado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios », un rayo de luz atravesó mi alma y creí. Hoy ya no vivo sino para Cristo y para mis hermanos los obreros. Estos ejemplos nos demuestran la eficacia del gran apostolado que puede hacerse con los buenos libros.

Cultura y religión

La cultura y la religión lejos de contradecirse se compenetran, pues ambas trabajan por el ennoblecimiento del hombre. Para que haya verdadera cultura, y ésta no se desvíe por falsos derroteros, es necesaria la sabia orientación de la religión cristiana que, reconociendo debidamente los valores culturales, les señala su puesto adecuado, subordinándolos al valor supremo. No se puede afirmar que la Iglesia esté en contra de las artes y disciplinas de la cultura; antes bien las fomenta y promueve de muchas maneras (Conc.Vat. 1)

Los testimonios de la obra cultural católica están plasmados en piedra, color, armonías, palabras, escritos; suprimamos por un momento en nuestra imaginación esasobras y nos daremos cuenta de que es imposible concebir la cultura actual sin el favor de la Iglesia.«Si tantos tesoros de cultura, civilización y literatura han podido ser conservados, se debe a la actitud de la Iglesia, que aun en los tiempos más remotos y bárbaros, ha sabido hacer brillar tanta luz en el campo delas letras, de la filosofía, del arte y particularmentede la arquitectura» (Pio XI)

Una abadía no era solamente el lugar de la oracióny de la contemplación, sino a la par refugio contra elavance de la barbarie del Norte. Este refugio de las artes y de lasciencias tenía también talleres de todas clases, y eraejemplar en agricultura.

William Howard Taft, presidente de Estados Unidos (1909-1913), habló en un discurso sobre el trabajo cultural de los misioneros católicos: «He de confesar, que antes tenía muchos prejuicios contra los misioneros católicos. Pero desde que he visto en Filipinas su obra civilizadora, soy de otro parecer. Y siguió una vibrante alabanza de la labor misional católica, que no solamente ha hecho de los indigenas buenos cristianos, sino que también les ha enseñado toda clase de oficios y artes. Un solo claustro de benedictinos ha hecho quizá más- en favor de la ciencia que las dos universidades, británicas Oxford y Cambridge, en conjunto.

La verdadera sabiduría

¿Dónde están los verdaderos sabios? (1 Cor. 1, 20). La verdadera sabiduría es hallada de los que la buscan (Sab. 6,12). No entrará en el alma maliciosa, ni morará en cuerpo esclavo del pecado (Sab. 1,4). El principio de la sabiduría es el deseo sincerísimo de instrucción… (Sab. 6,18).

La sabiduría investiga el último por qué, se remonta a las causas últimas, no satisfecha en conocer únicamente las próximas, lo cual basta a la simple ciencia.En el estudio de las cosas se remonta uno a la solucióndel último por qué, detrás del cual está Dios.Pregunta: ¿Quién nos creó? ¿Quien creó al primerhombre y al mundo actual? .. Y llegamos a la causaprimera de todas las cosas existentes: Dios.

«El sabio -dice Santo Tomás- juzga de las cosas inferiores por una causa superior; y así llamamos sabio en cada género, al que considera la causa más elevada deese género. La sabiduría cristiana tiene a Dios por principio y fin de todas las cosas, investiga su ser y su voluntad; en Él se llena de luz, y luego la aplica a todas las cosas, a todas las acciones, a toda la vida»

Entre la sabiduria del mundo o puramente humana y la sabiduría cristiana hay una gran diferencia. Los sabios según el mundo, los que carecen de instrucción y cultura religiosa, alardeando de sabios, dice San Pablo, se hicieron necios (Rom. l, 22), por cuanto no conocieron a Dios, y si le conocieron, no le han glorificado como a Dios. Su pretendida sabiduria considerada desde el punto de vista de Dios, es una verdadera locura. «Dios ha trocado en necedad la sabiduría de este mundo» (1 Cor. 1 ,20). Pues cuando el corazón y el espíritu están pervertidos no hay lugar para una verdadera sabiduría. «El alma de toda cultura es la cultura del alma», dijo Mons. Faulhaber. La verdadera cultura ha de ser integral, es decir, debe abarcar todos los campos del saber y  de la ciencia: la filosofía y la teologia, las bellas artes, la labor social, benéfica y ante todo moral, que eleva al hombre, que comunica alegría y lleva paz a los corazones y señala el fin último para que fuimos creados. Si yo supiera todos los idiomas del mundo y las ciencias filosóficas y humanas y la composición de todas las materiales, etc. y no supiera quién soy, de dónde vengo y a dónde voy, ¿qué clase de cultura sería la mía?

Uno podrá saber muchas cosas, pero si no sabe las necesarias para conseguir la felicidad, meta de todo ser humano, poco sabe, pudiéndosele aplicar el dicho popular: «aquel que se salva, sabe, y el que no, no sabe nada».
Dice la Escritura Santa: «Toda sabiduría viene del Señor Dios. Las arenas del mar, las gotas de la lluvia y los días del pasado, ¿quién podrá contarlos? La altura de los cielos, la anchura de la tierra, la profundidad del abismo, la sabiduría, ¿quién podrá medirlos? La fuente de la sabiduría es la Palabra de Dios, y sus caminos los mandamientos eternos» (Ecl. 1,1-5).

La verdadera sabiduría es la de Dios: «¡Oh profundidad de la riqueza y de la sabiduría y de la ciencia de Dios! » (Rom. 11, 33). La sabiduría de Dios se concentra en la concepción y realización del gran Misterio, que es Cristo, «en quien se hallan todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia» (CoI. 2, 3). Cristo es «la virtud de Dios y la sabiduría de Dios» (1 Cor. l, 24).

La lectura de la Biblia o Libros Santos, tratan de Jesucristo, al que todos debemos conocer mejor, leyendo ante todo los Evangelios, y luego toda la Biblia, porque El es su centro, y como dijo San ,Jerónimo: «Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo ». Dios es el dador de la sabiduría (Prov. 2,6). No te tengas por sabio; teme a Dios y evita el mal (Prov. 3,7).

Conocer a Dios es el fundamento de toda la ciencia. «Si alguno de vosotros necesita sabiduría, pídala a Dios que da a todos con abundancia, y no echa en cara sus dones, y se la dará» (Sant.1,5). «Si aquellos que tratan familiarmente con sabios no tardan en participar de la sabiduría de la vida, ¿qué diremos de los que en la oración tratan con el mismo Señor? ¿De cuánta sabiduría, prudencia y moderación no los llenará la oración ?» S. Crisóstomo.

Los males de la ignorancia religiosa

La frase siguiente es de Pio XII: «De entre todos los males que aquejan a la sociedad presente, ninguno más grave ni más profundo como el de la ignorancia religiosa», y esta ignorancia es la que ha motivado la indiferencia religiosa de que adolece el hombre moderno. «Una anemia religiosa que se propaga, ha atacado a muchos pueblos de Europa y del mundo, produciendo en las almas tal vacío moral, que ninguna ideología religiosa o mitología nacional e internacional es capaz de llenarlo» (Pío XII. 24-12-1941).

No hay que dudar que el verdadero sabio es el que conoce a Dios, al Supremo Hacedor de cuanto existe, y causa primera de todas las causas. ¿Qué cultura puede tener el que carece de este conocimiento? El olvido de Dios es una enfermedad y el gran pecado de los hombres de nuestros días, y bien pudiéramos aplicarlo en general al mundo de hoy. Es el cuadro de abominación descrito por el profeta Oseas a los hijos dé Israel de su tiempo: «Aquellos israelitas, dice, pecaron contra la verdad; falsa era la palabra que salía de su boca; un hermano no tenía misericordia para con el otro. La maldición y la blasfemia, la mentira, el homicidio, el robo, el adulterio «lo han inundado todo, y una maldad alcanza a otra. No hay verdad, no .hay justicia, no hay conocimiento de Dios en el país» (Os. 4,1-3).

Y ¿que sucede hoy en los países del mundo y en nuestra España? ¿Qué vemos, sino abortos, exaltación de la homosexualidad, robos, crímenes, adulterios, divorcios, abuso de menores, y toda clase de males? No hay concimiento de Dios. He aquí una advertencia grave para nosotros. Donde no hay conocimiento de Dios, no hay fe; donde no hay fe, no hay moral; donde no hay moral, no hay religión ni oración, y se derrumba la sociedad.

No ha mucho un grupo de jóvenes de unos 16 a 18 años insultaron a un sacerdote, sencillamente porque lo vieron con sotana. Yo los oí y me volví a ellos y les dije: «Veo que no puede haber democracia en España», y uno contestó airado en el momento, ¿por que? Sencillamente, porque no hay cultura, ni educación, ni respeto. Si yo me encuentro con vosotros y veo que uno va con piercings, tatoos etc, os saludo y respeto, y sigo mi camino. El hombre educado no insulta a nadie y es respetuoso con todos, y eso debéis hacer vosotros en adelante.

Los dos pilares básicos de la verdadera democracia son la virtud y la cultura, y el que las posee sabe respetar los diversos ideales y la libertad en los individuos, sin confundir ésta con el libertinaje. Hoy podemos decir que la falta de cultura religiosa es la base principal de los males quc aquejan a la sociedad, y como hay ya muchos que siguen el camino del  vicio y del error, algunos están expuestos a imitarles, y otros a ser odiados por ellos, y se impone el hacerles ver, si es posible, su mal camino o apartarse de ellos.

Si se agigantan hoy los males es especialmente por la supresión de la enseñanza religiosa en muchos centros, por la falta de asistencia a la catequesis, por el ritmo de la vida… El socialismo sigue contribuyendo a suprimir en muchos colegios la enseñanza religiosa, estarían expuestos a la larga, a ser ellos los primeros desbancados por contribuir a aumentar las prevaricaciones y males en la sociedad, y acaso se den cuenta de su mal causado, como le sucedió a Federico II de Prusia.

Este rey, hombre muy avanzado, amigo de Voltaire y despreocupado de toda idea religiosa, notó en los últimos años de su reínado que a medida que iba creciendo la irreligiosidad, tomaban preponderancia los crímenes. Entonces declaró públicamente: He obrado respecto a la religión con demasiada ligereza, y mi deseo es ahora despertar nuevamente en mi país el amor a la religión. Entonces dijo  a su ministro de Cultura: «Restaure Vd. la religión en el país». No hay duda que el ateísmo conduce al vicio y al crimen. Por eso los gobiernos que quieren borrar la religión en el pueblo son enemigos del Estado.

El filósofo Platón dijo: «Aquel que destruye la religión, destruye los fundamentos de toda sociedad humana, porque sin religión no hay sociedad posible». En consecuencia: se impone necesariamente el conocimiento de la religión verdadera, la lectura de buenos libros que instruyan a todos, y formen buenos ciudadanos.

Los males que padecemos son sin duda por la falta de religiosidad. Hay muchos que dicen que no creen en Dios. Yo considero que, debido a las pruebas racionales que hay que nos demuestran su existencia, quien no crea en Dios, da muestras de ser muy corto de entendimiento. Pero si demuestran tener poco talento los que no creen en Dios, yo creo que aún demuestran tener mucho menos, los que creyendo en El, viven como si Dios no existiera. ¿No será todo esto efecto de la ignorancia y la malicia? ¿Quién no ve que es una gran locura no creer en Dios, y que aún lo es mucho mayor creer en Él, y no obedecer sus mandamientos?

Debido a la ignorancia religiosa me muevo a haceruna advertencia. Sin duda quedará ahoraen el vacio; pero ojalá algún día haya muchos quereconozcan la realidad de este hecho.Todos debieran notar que las naciones donde reina el ateismo, han engañado a los gobiernos cristianos europeos con la excusa de «la llamada globalización, ya que lo que se pretende es sembrar ateísmo, ideas subversivas y relativismo. No hay dictadura mayor ni más ferrea que la del relativismo, donde no se admite la diferencia entre el bien y el mal. Todo depende…

Palabras de San A. M. Claret

Uno de los medios, que la experiencia me ha enseñado ser más poderoso para el bien, es la palabra escrita, así como es el arma más poderosa para el mal cuando se abusa de ella.

Por medio de la palabra se dan a luz tantas webs y libros bueno, que son para alabar a Dios. No todos quieren o no todos pueden oír la divina palabra, pero todos pueden leer u oír un buen libro o una buena web. Siempre la lectura de libros buenos se ha considerado como una cosa de grande utilidad; pero en el día se considera de suma necesidad. Digo que en el día es una necesidad, porque hay un delirio por leer, y si la gente no tiene libros buenos o webs buenas, leerá cosas malas. Son los libros la comida del alma, y a la manera que si al cuerpo hambriento le dan comida sana y provechosa, le nutrirá, y si la comida es ponzoñosa le perjudicará. Así es la lectura, si es de libros buenos y oportunos a la persona y a las circunstancias propias, lo nutrirá y aprovechará mucho; pero si es de libros malos, webs y programas manipuladores de la verdad, corromperán las creencias y pervertirán las costumbres, empezando por extraviar el entendimiento, luego corrompen el corazón, y del corazón corrompido salen todos los males, como dice Jesucristo, hasta llegar a negar la primera verdad, que es Dios, origen de todo lo verdadero: Dijo el necio en su corazón: no hay Dios (Sal. l4,1).

En el día, pues, hay una doble necesidad de hacer circular libros buenos, pero estos libros han de ser pequeños, porque la gente anda aprisa y atraen nuestra atención  por todas partes y de mil maneras, y como «la concupiscencia de los ojos y de los oído ha crecido hasta lo sumo, todo lo quiremos ver y oir. de esta forma un libro voluminoso no sera leído, únicamente servirá para cargar los estantes de las librerías y bibliotecas. Lo dicho anteriormente nos debe mover a todos a hacer esta obra de caridad y apostolado: divulgar y repartir por todas sana doctrina, con webs y libros que contribuyan a la formación, especialmente, de la juventud.

Hay que saber leer

Para aprender hay que saber leer, y leer lo mejor, es decir, leer no sólo los libros buenos, sino los mejores, y para esto hay que saber escoger, ir seleccionando para formar nuestra pequeña biblioteca, y a este fin interesa consultar a hombres verdaderamente sabios y bien instruidos.

El Eclesiástico dice: «¡Oh cuán grande es el que adquirió la sabiduría y el que posee la ciencia! Pero ninguna supera al que teme a Dios (Ecl.25,13). En la lectura hay que saber buscar ideas y hechos que edifiquen y, eleven, y no sólo leer por leer cualquier libro que cae en nuestras manos, o leer sólo por placer aunque sea una lectura sana, pues interesan libros formativos, libros que proporcionen conocimientos útiles, pues las malas lecturas han trastornado las ideas sanas de muchos y han corrompido sus costumbres.

Hay que saber leer. La lectura debe hacerse lentamente para poder retener las ideas del libro seleccionado, porque leer de todo, sin selección y discrección, es una equivocación funesta, y hay que asimilar lo virtuoso y no aquello que nos lleva al vicio.

La lectura lenta de un libro bueno va sembrando ideas sanas en nuestra mente y en nuestro corazón y es necesario que leamos aqui fijándonos en lo que leemos, sobre todo cuando falla la memoria, porque aprovecharemos más. También es muy útil leer con boligrafo en mano e ir anotando las ideas más sobresalientes y que mayor bien pueden hacernos. Esto nos evitará tener que volver a leer el libro entero por no haber anotado el pensamiento o página donde se hallaba la idea que nos impresionó. «De nada sirve el leer, si no conservas los buenos frutos de tu lectura en el tesoro de tu memoria».

Esto decía San Ambrosio, y San Efrén dijo: «Al leer, procura sacar fruto de la lectura, como la abeja saca miel de las flores», y de San Agustin son estos pensamientos: «Los que leen con discrección, aprueban lo que debe aprobarse y rechazan lo que no debe aceptarse. No creamos conocer bien lo que hemos leido una sola vez».

Una lectura casual y variada, sin dirección, no edifica, antes bien, da frivolidad al ánimo.

Leer atenta y reflexivamente.

Además de leer lentamente, que es el primer principio que se aplica a toda lectura, llamado también «el arte de leer en esencia». es necesario a su vez leer atenta y reflexivamente, porque esto hace al hombre sabio.

«Un espiritu atento -dice Balmes en el Criterio- multiplica sus fuerzas de una manera increible; aprovecha el tiempo atesorando siempre caudal de ideas; las percibe con más claridad y exactitud, y, finalmente, las recuerda con más facilidad, a causa de que, con la
continuada atención, éstas se van colocando naturalmente en la cabeza de una manera ordenada.

Los que no atienden sino flojamente, pasean su entendimiento por distintos lugares a un mismo tiempo: aqui reciben una impresión, allí otra muy diferente; acumulan cien cosas inconexas que, lejos de ayudarse mutuamente para la aclaración y retención, se confunden, se embrollan y se borran unas a otras.

No hay lectura, no hay conversación, no hay espectáculo por insignificante que parezca, que no nos pueda instruir en algo. Con la atención notamos las preciosidades y las recogemos, con la distracción dejamos quizá caer al suelo el oro y las perlas como cosa baladí.En la lectura importa mucho la reflexión para saberque dice o ha querido decir el autor. «La meditaciónreflexiva es la que nos hace dueños de las idas y delos sentimientos ajenos hasta apropiárnoslos».

La reflexiónes la engendradora de la intuición y de la inventiva;ella es todo en la lectura. Sin reflexión podráser el lector erudito, mas no sabio. Son pocos los hombres reflexivos; los más andan a la aventura, viviendo de impresiones y de exterioridades,que apenas dejan huella en su ser y no les excitanel menor pensamiento serio y saludable». (Garmendía de Otaola S. J.).

También hay que «releer» o sea, volver a leer libros que merecen la pena por su contenido a veces denso de ideas, para grabarlas y comprenderlas mejor. En consecuencia: lo más interesante es, para hacer una buena lectura, tener libros buenos. La historia nos dice que Eutiques de bueno se hizo heresiarca por un libro maniqueo, y Valera dijo de sí: «Soy hombre de poca fe y de menos virtud, pervertido y viciado, como otros muchos, por los malos libros». Sabiendo, pues, que es grande el bien que han hecho los libros buenos, y el mal que han sembrado los malos, se impone hacer una buena selección, y en caso de duda consultar con personas formadas y de conducta moral, para que nos orienten sobre la lectura de libros morales e instructivos.

«La lectura nos puede hacer felices si lleva el sello de la moralidad cristiana, el permiso de la ley de Dios. Un joven que lee una novela prohibida por Dios sentira, tal vez, el acicate de las pasiones despiertas, gozo amargo y pecaminoso. El remordimiento, el abismo del pecado, el aguijón de la propia conciencia, le harán estéril todo esfuerzo de alegría.

La lectura debe estar en consonancia con la psicología del lector, con el nivel de su cultura, con sutemperamento intelectual, con el estado de su espíritu. La necesidad de la dirección en la lectura es evidentetambién a los mayores, a los profesores, a losmismos educadores. No se puede leer cualquier libroque cae en las manos, como no se puede ingerir cualquier alimento o beber cualquier medicina» (Garmendiade Otaola S.J.).

La afición a la mala lectura o a la despreocupación por su moralidad, es peor que una mala amistad, que un vicio, que una pasión desarreglada, porque, además de fomentar el mal y la tendencia pecaminosa, es instrumento venenoso, y más, si siempre está a nuestra disposición.

Por todo ello, de todas las selecciones que se deben hacer en la lectura, la principal es la moral, es decir, que se ajuste a las normas de los mandamientos divinos, al criterio de la Iglesia y al problema de nuestra salvación temporal y eterna.

La Biblia y la cultura.

Sabido es que la Biblia «es la palabra de Dios escrita», y por lo mismo es el libro más autorizado, el más admirable e importante que hay en el mundo, por ser el único divino.

– La Biblia es obra de Dios y del hombre, y decimos «del hombre» porque Dios se valió de él para escribirla, inspirándole lo que debía escribir.

– La Biblia es un libro histórico y doctrinal y contiene la revelación que Dios ha hecho a los hombres y nos refiere la historia de la salvación del género humano.

– La Biblia es una colección de libros que «escritos bajo la inspiración del Espiritu Santo, tienen a Dios por autor, y como tales fueron entregados a la Iglesia» (Con. Vat. I y II).

-La Biblia ha sido traducida a más de mil cien lenguas y nos transmite el mensaje de la Buena Nueva o Buena Noticia para excelencia de la Humanidad. Ella ha penetrado la civilización occidental con savia religiosa y moral, y ha transformado a ingentes multitudes, y así ha sido Europa el alto hogar de cultura por sus valores espirituales, intelectuales y sociales, y en toda ella, especial solución de los grandes problemas que atormentan a la Humanidad.

-La Biblia es el libro más leído y que ilumina los pasos de los mortales. La religión y la literatura de la Biblia son únicas en el mundo. En las áridas genealogías del Génesis se nos revela ya un pueblo con un destino universal. En otros pueblos no hay nada que supere a éste, ni apenas que se parezca. El favor y protección de Dios mandándole profetas que le hablen en su nombre. Israel es el pueblo más original de la tierra. Su doctrina y su filosofía se distinguen de la de todos los pueblos paganos. Dios rige su destino, van conducidos por senderos providenciales. Israel y la Biblia sobreviven, mientras que los pueblos de la antiguedad desaparecen.

Al Israel del A.T., que empieza con Abraham, sucede el «Israel de Dios», o sea, la Iglesia, el nuevo pueblo de Dios, que empieza con Jesucristo, su Fundador. Como dice el Vaticano II: «L.a iglesia fue preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en el Antiguo Testamento» (LG. 2).

La lectura de la Biblia

– La lectura y el estudio de la Biblia nos es de suma importancia y necesidad a todos, por ser la palabra de Dios, la que nos eleva y enseña a todos el verdadero camino de la felicidad.
– La lectura de la Biblia nos conduce a la reforma de las costumbres, porque sus enseñanzas tienden a desarraigar y destruir todos los vicios. Quien la lea, reconocerá que ella clama contra la blasfemia, el robo, la impureza, la mentira y toda clase de pecados.

Pero hay que saberla leer, y para mejor entenderla hay dos métodos: uno, empezar a leerla por los libros más fáciles: Evangelios, Hechos de los Apóstoles, Cartas Católicas y pasar luego al A.T. y leer algún libro histórico, vg. Tobias, libros sapienciales, libros de
Samuel, etc…

El Concilio Vaticano II exhorta a todos a leer con frecuencia las divinas Escrituras, porque su lectura nutre y alimenta la fe de todos los cristianos y a su vez alimenta la esperanza, la caridad, la humildad, la pureza, la mortificación, el celo. «Leer las Escrituras es un poderoso preservativo contra el pecado» (S. J. Crisóstomo).

«Toda la Biblia nos exhorta a desprendernos de la tierra y a dirigir nuestras miradas al cielo donde se halla la verdadera y suprema felicidad » (S. Agustín). Tanto como en el Nuevo Testamento ha de tenerse en cuenta el Antiguo, ya que sin conocimiento de éste esimposible conocer el Nuevo. Está bien leer antes los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles, pero luego leer asiduamente los libros del A.T. porque, como nos dice el Vaticano II, los libros del A.T. «son libros inspirados por Dios y conservan un valor perenne» (DV.14). Limitarse a la lectura dela Biblia del N.T. solamente, sería como empezar a leer un libro por el último capitulo. En el A.T. está ya incluido el Nuevo, y en el Nuevo queda patente el Antiguo. Jesucristo dijo: «Es necesario que se cumpla todo lo escrito de Mi en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos» (Lc. 24, 44-46).

Además de la Biblia deben leerse libros sólidos de piedad y también Vidas de Santos, pues, como dijo San Jerónimo: «La vida delos Santos es la mejor interpretación de las Sagradas Escrituras». El mismo San Jerónimo decía: «Leed con frecuencia las Escrituras; aún más, no dejéis nunca de la mano su lectura. Amad la ciencia de la Escritura v no amaréis los vicios de la carne».

La Biblia, interpretada por el Magisterio de la Iglesia, es la norma de nuestra fe.

La educación cristiana de la juventud.

Este es el titulo de un documento conciliar del Vaticano II en el que se nos habla de la importancia de la educación en la vida del hombre, y además cómo todos los hombres tienen derecho a la educación y a su vez a una educación verdadera quese propone la formación de la persona humana en orden a su último fin, y al bien de las sociedades, de las que el hombre es miembro, y en cuyas responsabilidades participara cuando llegue a ser adulto (GE.1).
La educación para ser completa y perfecta ha de ser cristiana, pues «no puede existir educación verdadera que no esté ordenada al fin último para el que el hombre ha sido creado» (Pío XI).

«Separar en la pedagogía humana el elemento natural del sobrenatural, es obrar una visección de la que resultará una mutilación del ser humano» (Card. Gomá). A los niños y a los adolescentes, dice el Concilio, hay que iniciarlos, conforme avanza su edad, en una positiva y prudente educación sexual. Notemos que dice «positiva y prudente», lo que quiere decir «discreta y oportuna», sin forzamiento de imágenes que turben la mente de los chicos. Esta educación debe darse cuando la naturaleza pida estos conocimientos. Lo que hace falta es que el educador hable más de la belleza de la virtud que del vicio, y no sea culpable de que los niños la pierdan antes de tiempo.

La instrucción y la formación, que el niño va recibiendo para la vida, tiene algo de parecido con la  semilla que se va depositando en la tierra. Plutarco, escritor griego del siglo I de nuestra era, decía: » Para que produzca la tierra abundante cosecha, se necesitan tres cosas: buen cultivo, buen labrador y buena simiente. La tierra es el niño; el cultivador es el que educa, y la simiente son los buenos principios que ha de recibir el niño».

La tierra sin cultivar produce abrojos y toda clase de malezas. El niño sin educar produce vicios. La tierra cultivada da frutos según la calidad de la misma; el niño educado da ciencia y virtud conforme a su capacidad y desarrollo inteleclual y para esto hay que ir formando su inteligencia y su libertad.

«El secreto de la educación consiste en sofocar los malos instintos evitando las ocasiones de que se ejerciten y desarrollen, y estimular las vinudes» (C. Arenal). «Un solo profesor bueno es capaz, en algunos años, de producir beneficios inmensos a un país; él trabaja en una modesta cátedra, sin más testigo que unos pocos jóvenes; pero estos jóvenes se renuevan con frecuencia y a la vuelta de algunos años ocupan los destinos más importantes de la sociedad».

Conclusión

El gran remedio para ir formando la juventud, aparte de las primeras instrucciones de los padres y de los maestros, está en la lectura de los buenos libros.