5.- Disciplina y autoridad

La indisciplina nace, más que de la rebeldía de los de abajo, de la falta de autoridad de los de arriba, pues la autoridad se puede perder de muchos modos.

Cuando un maestro novel llega a un colegio, se le dan consejos sobre el modo de imponerse a los colegiales. Consejero primero: Al principio, póngase usted muy serio, que se vea que es usted hombre de carácter.  Consejero segundo: Sea usted duro en las notas. ¿Que uno apunta en la clase? Le planta usted un cero. No se repetirá la broma y los demás le tendrán respeto. Tercer consejero: Si uno habla en la clase, un puñetazo en la mesa. Verá usted cómo se acoquinan los chicos, como los pájaros con la tormenta.  ¡Qué candor!

– Primero: La autoridad se gana primero con virtud. De los mansos dijo Cristo: Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.  ¡Cosa nueva y al parecer equivocada! Porque siempre entendió el mundo lo contrario: Infelices los mansos, porque serán poseídos de cualquiera.

Mas no es así. El virtuoso es dueño de sí y se hace dueño de los demás. ¿Quién fue más respetado y subyugó más gentes que los santos? La virtud es la que ha conquistado al mundo, no es la guerra. La virtud conquista los corazones: la guerra crea los odios. Los niños son linces para distinguir al educador virtuoso del que no lo es. ¿Sabes, lector, cómo llamaban a uno que presumía? Don Nadie. Todas las virtudes causan reverencia; la justicia más, porque es más debida.

– Segundo: Con la competencia.  Despuésde la virtud, la ciencia se granjea la simpatía y la autoridad.  Sobre todo, la ciencia con el arte de comunicarla.  El hombre que sabe y tiene arte de comunicar lo que sabe es una especie de oráculo, que todos respetan. Si es virtuoso, sabe, sabe enseñar y mantener la disciplina, será un profesor modelo y de gran prestigio.

Veamos ahora cómo se pierde la autoridad:

a) Cuando se falta a la justicia. Nada hay que suscite tanto la rebeldía se trate injustamente. Son a veces heridas que perduran aun después de muchos años.

b) Cuando hay preferencias, es decir, las hechas por motivos de simpatía natural, por amistad con o por la condición ilustre del otro o por otros motivos más mezquinos…  Sin que la simpatía se acentúe exageradamente, se hablará de nuestras preferencias sobre otros, señalando nombres y causas y casos. No hay que decir que si se tiene el prestigio y el respeto que el educador necesita, lo pierde con estas cosas, a veces totalmente.

c) Cuando el que manda niega lo concedido por otro. Los dos quedan pésimamente. El que niega la autorización, porque lo niega mientras el otro lo concede; y el que lo concede, porque quita la autoridad al otro.

No se hunde la sociedad porque, dada una autorización desacertadamente, tolere el desacierto otro autoridad; pero sí se hunde la educación de un pueblo cuando observa la falta de unidad de criterio y de espíritu comprensivo.  Aparte de que crea entre los que ejercen el poder un antagonismo desedificante; cuando no es efecto de él.

Peor que eso es que la solidaridad y cooperación de los gobernantes o directores se quiebre, y con ellas la disciplina y el prestigio del gobierno, cuando las autoridades no apoyan a los súbditos.

Ello es funestísimo; porque el pueblo se da cuenta y se insolenta, y el que tiene la autoridad se deprime y abandona la disciplina. Es preferible mantener una disposición no tan acertada a quebrantar la autoridad.

d) Cuando se falta a la disciplina y no se pone correctivo.- Cuando un colegial falta, si lo ve el educador y hace la vista gorda, prácticamente es como si dijera: Haz lo que te dé la gana.  Debe avisarse de antemano la sanción; pero cuando se comete la falta, no se puede disimular.  Hacer otra cosa seria dar a entender que la culpa no es culpa, que no se tiene carácter para imponer la sanción o que sólo deben castigarse las faltas cuando se hayan cometido infinidad de veces.  Lo que da origen a que, contraído el hábito, se haga difícil corregirlo.

Un alumno quebranta el silencio. El maestro lo ve y disimula. Falta otra vez el chico, y otra hace el maestro la vista gorda. Se repite la culpa diez veces, y entonces el educador se pone hecho un basilisco. No logrará nada, porque el muchacho tiene hábito contraído. No es humano que a un niño que habla una vez en clase, sin más amonestaciones, se le prive media hora de recreo. Pero tampoco es prudente que hable y el maestro se quede impasible. Con los ojos debe avisar antes de llegar a las obras.

¿No basta? Pues se le reprende con amable gravedad.  Así se evita que la clase se convierta en una pajarera, en que cada discípulo, siguiendo el ejemplo del vecino no castigado, cotorrea con de conciencia. Pues lo mismo ocurre con el ejercicio de la autoridad en la sociedad.

e) Cuando se amenaza con castigo y no se impone.- Son los soldados de plomo, que tienen la espada levantada siempre y nunca la descargan.  Los papás que cien veces al día dicen: «Pepito, quieto, que te doy una paliza». Promulgada la ley con su sanción, un alumno molesta a su vecino tirándole bolitas de papel. Se le avisa con una dulce mirada, y al llegar a recreo se le pone el castigo correspondiente. Cuando los niños ven que el educador no habla, sino que actúa, le respetan. ¡Adiós autoridad!

f) Cuando el educador se deja llevar de la ira. La ira ciega y ofende a quien la padece.  La pena debe imponerse cuando el ánimo está sereno y se puede medir bien la cuantía de la falta. Imitemos a Dios. Castiga, ¡pero cómo espera, con qué paciencia, con qué deseo de la enmienda y perdón! ¡Cuánto gana con eso la eficacia de la pena y la autoridad de quien la impone! ¡Porque el delincuente se ha sentido también sereno y tal vez arrepentido antes de la sanción!

g) Cuando se trata con demasiada familiaridad. El que tiene la autoridad debe hacerse amable, tratar con cariño, mostrarse dispuesto a complacer a los colegiales y a sacrificarse por ellos, pero debe guardar siempre la distancia debida entre él y el educando. ¿Quién ama más que el padre al hijo? Pero ese amor no le quita el respeto y la confianza que se le debe; no le quita ni la reverencia ni el trato que se merece.

h) Cuando se manda al subordinado al superior jerarquico. Semejante procedimiento equivale a decir: Puesto que no te puedo domar, que te dome quien pueda.